El cambio más profundo no comienza cuando vencemos al mundo, sino cuando dejamos de ser gobernados por aquello que llevamos dentro.
No buscamos pelear con el exterior.
No queremos convertir cada diferencia en una batalla ni vivir reaccionando contra las personas, las instituciones o las circunstancias que nos incomodan. La confrontación permanente también puede ser una forma de dependencia: quien dedica toda su existencia a combatir algo termina atado a aquello que combate.
Creemos que el verdadero cambio comienza en el interior.
Comienza cuando una persona se observa con honestidad y descubre que muchas de sus decisiones no nacen de la libertad, sino del miedo, el resentimiento, la necesidad de reconocimiento o la repetición de antiguas costumbres.
Antes de transformar el mundo debemos preguntarnos quién es ese “yo” que desea transformarlo.
Somos más que un cuerpo
Tenemos un cuerpo, pero nuestra experiencia no termina en sus límites.
Somos memoria, conciencia, vínculos, imaginación y posibilidad. Somos aquello que hemos recibido y también la respuesta que elegimos dar. Somos la historia que nos contamos, pero también la capacidad de revisar esa historia y escribir una página diferente.
El cuerpo cambia, envejece y un día desaparece. Sin embargo, nuestros actos pueden continuar viviendo en otras personas. Una palabra puede acompañar a alguien durante años. Una decisión puede alterar el destino de una familia. Una idea puede atravesar generaciones.
Afirmar que somos más que un cuerpo físico no exige despreciar el cuerpo. Al contrario: significa reconocerlo como el lugar desde el cual la conciencia se relaciona con el mundo.
No conocemos la naturaleza última de aquello que llamamos espíritu. Podemos entenderlo como conciencia, presencia, voluntad o dimensión trascendente. Lo importante no es imponer una definición, sino reconocer que la vida humana no puede reducirse a producir, consumir, obedecer y desaparecer.
Existe en nosotros una profundidad que no cabe en las medidas del mercado ni en los expedientes de una institución.
El orden impuesto
Toda sociedad necesita acuerdos para convivir. Sin ciertas reglas, la libertad del más fuerte termina convirtiéndose en la condena de los demás. El problema comienza cuando olvidamos que esas reglas fueron creadas por seres humanos y empezamos a tratarlas como si fueran verdades eternas.
Las leyes pueden proteger la dignidad, pero también pueden proteger privilegios.
Las costumbres pueden unir a una comunidad, pero también pueden conservar injusticias.
Las instituciones pueden servir al bien común, pero también pueden convertirse en instrumentos para quienes conocen sus puertas, sus vacíos y su lenguaje.
El orden social suele presentarse como neutral. En realidad, está atravesado por intereses, interpretaciones y relaciones de poder. Quien posee más conocimientos, dinero o influencia puede utilizar una misma norma de manera distinta a quien carece de ellos.
Así aparece una justicia administrada según la conveniencia.
La ley escrita puede ser igual para todos, mientras que su aplicación permanece profundamente desigual.
La justicia y el saber
Conocer las leyes otorga poder. Saber argumentar, presentar pruebas o identificar contradicciones puede decidir quién es escuchado y quién permanece indefenso.
El conocimiento debería ayudarnos a construir una sociedad más justa. Sin embargo, cuando se separa de la conciencia, puede convertirse en una herramienta para justificar cualquier interés.
Una persona puede saber mucho y comprender muy poco.
Puede conocer cada palabra de la ley sin reconocer la dignidad de quien tiene delante. Puede dominar un discurso moral y utilizarlo para ocultar sus propias acciones. Puede hablar de justicia únicamente cuando la justicia favorece su causa.
Por eso no basta con acumular información. Necesitamos examinar la intención desde la cual utilizamos lo que sabemos.
El conocimiento sin responsabilidad produce habilidad, no sabiduría.
La verdadera sabiduría comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente: “¿Puedo hacer esto?” y nos atrevemos a preguntar: “¿En qué persona me convierto al hacerlo?”.
El tribunal interior
No buscamos sustituir las leyes por una moral privada. La conciencia individual también puede equivocarse, justificarse o ser dominada por el egoísmo. Pero ninguna justicia exterior será suficiente si las personas que la administran no han cultivado una justicia interior.
Ese tribunal interior no está formado por culpa ni castigo. Está formado por atención, honestidad y responsabilidad.
Su función no es condenarnos, sino impedir que nos engañemos con demasiada facilidad.
Allí debemos comparecer sin abogados ni disfraces. Allí no importa la imagen que presentamos ante los demás, sino la verdad de nuestras intenciones. Podemos convencer a una multitud de que actuamos correctamente y, aun así, saber que traicionamos nuestros valores.
La conciencia no reemplaza a la justicia pública, pero puede evitar que la justicia pública se convierta en una representación vacía.
Cambiar sin combatir
Trabajar en el interior no significa permanecer indiferentes ante el abuso. La serenidad no debe confundirse con obediencia. Hay momentos en los que defender la dignidad exige hablar, denunciar o resistir.
La diferencia está en el origen de nuestra acción.
Podemos actuar desde el odio y reproducir aquello que deseamos destruir. También podemos actuar desde una convicción profunda, sin convertir al adversario en la medida de nuestra existencia.
No buscamos vencer personas. Buscamos interrumpir las formas de conciencia que permiten la injusticia, incluyendo aquellas que viven dentro de nosotros.
La transformación interior se vuelve real cuando modifica nuestra conducta. Si no cambia la manera en que tratamos a los demás, administramos el poder o respondemos ante el sufrimiento, entonces solamente hemos construido otra idea agradable sobre nosotros mismos.
El cambio comienza dentro, pero no termina allí.
Una convicción silenciosa
Creemos que somos más que las circunstancias que nos rodean, más que los nombres que nos han dado y más que las funciones que desempeñamos.
Somos capaces de observar nuestro condicionamiento sin estar condenados a repetirlo. Podemos reconocer el miedo sin entregarle el gobierno de nuestra vida. Podemos participar en la sociedad sin permitir que sus costumbres decidan completamente quiénes debemos ser.
Ésta no es una invitación a escapar del mundo. Es una invitación a habitarlo desde otro lugar.
No queremos imponer una nueva verdad. Queremos despertar una pregunta.
¿Qué ocurriría si cada persona dejara de utilizar su conocimiento solamente para defender su conveniencia y comenzara a emplearlo para comprender al otro?
Tal vez la justicia dejaría de ser únicamente una palabra escrita en los códigos. Tal vez se convertiría en una manera cotidiana de mirar, decidir y convivir.
La revolución más duradera no siempre levanta la voz.
A veces comienza en silencio, cuando una persona descubre que puede dejar de obedecer a su miedo, examinar sus intenciones y actuar con plena convicción.
Entonces el mundo exterior no cambia de inmediato.
Pero ya ha aparecido alguien capaz de relacionarse con él de otra manera.
Y ése es el principio de todo cambio verdadero.

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